Cuando el alma camina con Dios

Aquella noche soñé que caminaba junto al Señor por la orilla del mar.

El cielo, cubierto por una luna plateada, iluminaba suavemente las olas que iban y venían, como si también ellas escucharan nuestro silencio.
A cada paso, dos pares de huellas quedaban marcadas en la arena: las suyas y las mías.
Y mientras avanzábamos, hablábamos como viejos amigos, compartiendo recuerdos, dudas y gratitudes.

Al mirar hacia atrás, noté algo que me estremeció.
En los momentos más oscuros de mi vida, cuando el dolor parecía ahogarlo todo, solo se veía un par de huellas.

Sentí tristeza, y con el corazón encogido pregunté:
“Señor, ¿por qué me dejaste solo cuando más te necesitaba?
¿No me prometiste que caminarías conmigo en cada paso del camino?”

El Señor guardó silencio unos instantes. Luego, con una voz suave que parecía venir del viento, me respondió:
“Hijo mío, nunca te he dejado solo.
Cuando solo ves un par de huellas en la arena, no son las tuyas, son las mías.
Porque en tus noches más largas, cuando tus fuerzas ya no bastaban,
no caminabas… te llevaba en mis brazos.”

Desde entonces, cada vez que la vida se hace difícil, cierro los ojos y recuerdo aquel sueño.
Y comprendo que incluso en los silencios de Dios,
Él sigue caminando conmigo.


“Huella eterna”

Cuando el mar se apaga y el cielo calla,
cuando el alma tiembla y no halla voz,
una sombra leve sobre la arena
me recuerda que no camino sin Dios.

Cuando el peso del mundo me inclina,
y mis pasos se pierden en la oscuridad,
una brisa murmura en mi oído:
“Hijo mío, aquí está mi bondad.”

No hay dolor que Él no haya sentido,
ni noche que no haya abrazado,
porque el amor del que camina conmigo
es eterno, sereno y sagrado.

Y si el camino se borra entre lágrimas,
y mis huellas se disuelven en el mar,
sé que no es ausencia lo que veo,
es su amor… que me vuelve a levantar.