Un cristiano y un peluquero no creyente estaban caminando por los barrios de la ciudad cuando de pronto, el peluquero dijo al cristiano: “Es por esto que no puedo creer en tu Dios del que tanto me hablas, en ese Dios de amor. Si fuera así como tu dices, Él no permitiría que estos vagos fueran adictos a la droga, que Ésas niñas de apenas quince años se vendieran al mejor postor. En fin tantas cosas por lo que no, no puedo creer en ese Dios que permite todo esto.”
El cristiano escucho calladamente todo lo que el peluquero dijo, hasta que encontró
un hombre particularmente descuidado. El cabello le llegaba hasta el cuello y su barba sin rasurar crecía desordenadamente. El cristiano le dijo: “¿cómo dices que eres un buen peluquero? Y permites que un hombre como éste continúe viviendo así, ¿porque no le has hecho un buen corte de cabello y una buena rasurada?” Indignado el peluquero contestó: “¿ porque me culpas de esta condición de este pobre hombre? No puedo evitar que él este así. Nunca ha ido a mi peluquería, yo podría arreglarlo y hacerlo ver como un caballero si él me lo pidiera.”
El cristiano miro fijamente al peluquero y le dijo: “Entonces no puedes culpar a Dios por permitir que los hombres sigan viviendo en sus malos caminos. El constantemente los esta invitando a acercarse para ser salvos y recibir sus promesas a través de sus palabras, pero ya vez al igual que éste hombre no lo escuchan y no se lo han pedido.”
“El Dios que espera”
No es Dios quien olvida,
somos nosotros quienes dejamos de buscarlo.
Él sigue ahí,
en la esquina silenciosa del alma,
esperando que abramos la puerta
que tanto tiempo lleva tocando.
El hombre camina entre sombras,
culpando al cielo por su oscuridad,
sin notar que el fuego sigue encendido
en el altar de su propio pecho.
Dios no abandona,
solo respeta la distancia
que levantamos con nuestro orgullo.
Como el peluquero que ve pasar la miseria
sin poder ayudar al que nunca entra,
así el Creador contempla nuestra tristeza
sin poder sanar al que no se deja tocar.
Él no fuerza, invita.
No exige, llama.
Y mientras el mundo lo culpa,
Él sigue amando.
Porque el amor verdadero
no impone su luz,
solo espera que la escojas.