Por: Camila R. (historia enviada desde Lima)
Nunca creí en las casualidades, hasta que lo vi.
Era un sábado por la tarde y mi amiga insistió en que la acompañara a una boda donde no conocía a nadie. Yo no quería ir, pero cedí.
Él estaba allí, vestido con un traje azul oscuro y una sonrisa que parecía ajena al ruido del mundo. No hablamos mucho esa noche; apenas unas frases cortas, pero bastaron para que me quedara pensando en él durante días.
Dos semanas después, lo volví a ver en una librería del centro. Sostenía el mismo libro que yo buscaba: Rayuela. Nos reímos, y fue ahí donde comenzó todo.
Empezamos a vernos sin planearlo: cafés improvisados, caminatas al atardecer por el malecón, conversaciones que duraban horas. No era un amor explosivo, sino uno que se tejía despacio, como si el universo nos hubiera guardado ese instante solo para nosotros.
Pero el destino —ese que siempre llega sin pedir permiso— tenía otros planes.
A Daniel lo trasladaron por trabajo a otra ciudad. Juramos intentarlo, mantenernos, escribirnos todos los días. Al principio lo hicimos, hasta que los silencios comenzaron a ganar espacio entre las palabras.
Yo seguía esperándolo, aferrada a la promesa de un regreso.
Hasta que un día me escribió:
“Camila, hay alguien más. No quería herirte, pero necesito ser honesto.”
No respondí.
Guardé su mensaje, cerré el chat y salí a caminar bajo la lluvia, la misma de aquella primera noche.
Lloré sin rabia, sin odio, solo con la certeza de que había amado de verdad.
Meses después volví a la librería donde nos conocimos. Rayuela seguía allí, en el mismo estante, como si el tiempo no hubiera pasado. Lo tomé y sonreí.
Porque entendí que, a veces, el amor no se queda… solo te enseña a sentir otra vez.
🌹 Gracias por dejarme escribirlo, Jorge. Tal vez no era una historia de final feliz, pero fue una historia que valía la pena contar.